Hacía casi un año no escribía aquí. Me había refugiado en otras actividades que, por decirlo de alguna manera, habían desviado mi interés y me habían hecho abandonar este espacio. Hoy, con un poco de fuego en los dedos, he vuelto a escribir... criticando la pregunta insulsa, aquella que es más lo que dispersa y lo que enerva que lo que aporta, aquella que es hecha por el simple afán de figuración, digo yo. ¿O cómo se explica que la gente pregunte en una clase cosas obvias, con el único ánimo de generar discusiones bizantinas sobre asuntos que, ya la misma historia del conocimiento, ha resuelto antes que nosotros? Vamos a la situación particular:
Se muestran una serie de proyectos urbanos cuyas características son las de cualquier proyecto de diseño urbano, común y corriente: liberación de áreas construidas para generar espacio público, ensanchar algunas calles existentes buscando mejorar el perfil y su capacidad de albergar flujos peatonales y vehiculares, regularizar las alturas de las edificaciones y unificar los paramentos con el fin de generar continuidad y legibilidad en el espacio urbano... en fin, cosas de la práctica tradicional del urbanismo y el diseño urbano, inherentes a la disciplina y generalmente aceptadas por la práctica.
Preguntar es gratis, está bien; y si la pregunta es pertinente y puede llevar a ampliar los horizontes y generar nuevos interrogantes y nuevas búsquedas, cuánto mejor. Sin embargo, hay que saber hacerla pertinente. ¿Para qué entonces preguntar por qué un proyecto de diseño urbano busca hacer regulares las alturas de las edificaciones y hacer que los paramentos sean continuos? Si estuviéramos en un contexto de neófitos de la arquitectura y el diseño urbano, la pregunta es totalmente pertinente; pero en un contexto de profesionales de la arquitectura, con cierto recorrido en la práctica del diseño y la planificación de ciudades, la pregunta se hace impertinente y, por demás, sin sentido.
Hablar de paramentos continuos y alturas regulares es algo que está implícito en el urbanismo desde su nacimiento como disciplina teórica, y como pretendida ciencia, por allá en la segunda mitad del siglo XIX. Parte del principio 'higienista' de eliminar de las ciudades cualquier rincón insalubre, y procurar reglamentar y controlar las alturas edificadas, con el fin de permitir la entrada del sol a todas las calles. Es un tema que está pasado y repasado en el diseño urbano y la arquitectura y que, a estas alturas de la historia, hace parte ya del conocimiento común de la disciplina, está aceptado como parte del bagaje y no parece haber ninguna razón de peso para controvertirlo.
Desde la teoría de Cerdá se postulan estas cosas, planteándose como complemento a toda esta idea de higiene urbana y sistematización de la ciudad. Igualmente, con otro enfoque, desde los principios artísticos que defiende Camilo Sitte en su visión culturalista del hecho urbano, se propone lo mismo: 'limpiar' el paisaje urbano y destacar los elementos destacables, en su teoría, las iglesias. Planteamientos ambos, recogidos en buena parte por urbanistas de diferentes épocas, como en tiempo relativamente reciente, por la disciplina del diseño urbano, con las prácticas de Rob y Leon Krier y otros tantos.
A estas alturas, luego de 150 años de urbanismo, hacer o no hacer esto es cuestión de gustos. Tantas cosas se han planteado en contra y a favor de los paramentos continuos y las alturas regulares que, pretender encontrar una respuesta de por qué hacerlo o no, es perder el tiempo. Hay razones y mucha teoría que justifica por qué hacerlo, hay razones y mucha teoría que dice que no. Luego, preguntarlo en un estudio de maestría en una exposición sobre morfología urbana y proyectos de espacio público y diseño urbano es, por demás, impertinente.
Es preguntar por preguntar.